Tarancón, europeísta ante litteram

Articolo pubblicato il 29 ottobre 2014
Articolo pubblicato il 29 ottobre 2014

El Papa pide claramente a Tarancón abrir una puerta a la democracia. España lo necesita, no podemos oponernos a la tendencia europea, hay que forzar un poco para conseguirlo cuanto antes

Nacido bajo el reinado de Alfonso XIII, crecido en la dictadura de Primo de Rivera, Tarancón fue un "curilla rojo" durante la guerra civil, obispo y cardenal franquista, hombre clave de la Transición.

En 1907, pocos días después de la dimisión de Eugenio Montero Ríos, en un pueblo valenciano llamado Burriana empezó la vida de Vicente Enrique. Vivió la guerra del rif, también llamada "segunda guerra de marruecos", desde la cuna. Aún no sabía si le caía bien Antonio Maura, pero ahora casi podríamos aventurar una respuesta.

Tenía solamente 16 años cuando empezó la dictadura del general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera. Allí sí que empezaba a tener sus pensamientos sobre el trabajo del gobierno, pero también sabía que, por lo menos en principio, había que callarse y tragar. Lo hizo tranquilamente, se doctoró en teología y fue nombrado sacerdote en 1929. Empezó trabajando en Valencia pero, como era un cura inteligente y obediente, fue trasladado a Madrid dos años después, justo al principio de la Segunda República.

En la capital milita en Acción Católica, escribe sus primeros artículos, comienza a preguntarse cuál es y cuál debe ser la posición de la Iglesia en la sociedad española.

Sus primeras dudas y sus profundas inquietudes encuentran vida justo en un momento en que para un cura cualquiera es muy peligroso simplemente salir a la calle. El clero no solo quiere, sino que tiene que defenderse del odio, la incomprensión, la amargura de muchos españoles. El enfrentamiento entre la Iglesia y la desobediencia civil es muy duro; parece difícil, por no decir imposible, entender al “otro". Así, empieza un estigma que aún sobrevive, el de la izquierda comunista, atea, republicana, opuesta a una derecha católica, monárquica, nacionalista. Muchos caen en la trampa. Sin embargo, Tarancón no.

Mientras la Iglesia abraza la sublevación del franquismo contra el anticlericalismo republicano, Tarancón apoya encubiertamente la causa de los "enemigos" o por lo menos no la impide. No sabe bien donde colocarse desde un punto de vista político, pero tiene algo muy claro: hay que luchar dentro de la iglesia, por la iglesia, junto a la iglesia. Sus colaboradores empiezan a mirar mal sus vacilaciones; “hay que apoyar al general y no se hable más”. En efecto, si la posteridad lo recuerda como el "defensor de la iglesia", algo habrá hecho para merecerlo, dicen.

Pasa los primeros años del franquismo como cura en la Comunidad Valenciana. Todavía no tiene poder, pero su personalidad gusta mucho a los fieles de su iglesia y también a algunos ateos del pueblo donde trabaja. Todo tipo de duda y pregunta pasa por Tarancón en este período. Le llegan amenazas tanto de católicos de ultraderecha como de "rojos" cabreados con el nuevo régimen. Asume todas, no tiene miedo, siempre dialoga con todos, con quien haga falta.

En 1945 es nombrado obispo, el más joven de España, en la diócesis de Solsona. Tiene treinta y ocho años y muchas ganas tanto de reformar la Iglesia como de aliviar la asociación entre esta y el régimen. Ahora puede hablar, su voz tiene influencia, este clérigo tan joven y tan comprometido llama la atención incluso de Franco.

En 1950, publica la pastoral El pan nuestro de cada día en la que critica el mercado negro o estraperlo. Para el caudillo eso es demasiado; ese obispo tiene que quedarse donde está como mínimo una década y sin ninguna promoción profesional. La iglesia y la política están relacionadas, pero siempre manda la política, en todas partes y de todos modos. Pero, ¿qué sentido tiene formar parte de la Iglesia si no se puede ayudar los ciudadanos, si no se puede participar activamente en la vida pública de la ciudad, denunciar maltratos y pobreza, tratar de hacer el bien a la comunidad? ¿Por qué el clero tiene que estar sometido al "generalísimo" cuando eso no pasa en ningún otro país europeo?

Pese a sus diferencias tanto con el régimen como con otros obispos y clérigos que censuran sus posiciones demasiado "abiertas y progresistas", a mediados de los años 50 es nombrado secretario de la Conferencia Episcopal Española. Empieza la época políticamente y socialmente más fructífera de su vida. Pero sin olvidar que permaneció dieciocho años en Solsona para que el Gobierno digiriera el pan de su maldita pastoral.

Participa activamente en el Concilio Vaticano II, apoya a Pablo VI en su obra de renovación eclesiástica. La Iglesia, una, grande y libre. Pero franquista no. La función principal de la institución así se perdería. Cuando habla con el jefe del Estado utiliza argumentos que parecen premonitorios, de hoy en día, “nos lo pide Europa”. En Italia, como en Francia y en Inglaterra, los clérigos no tienen que someterse a nadie. El Papa pide claramente a Tarancón abrir una puerta a la democracia. España lo necesita, no podemos oponernos a la tendencia europea, hay que forzar un poco para conseguirlo cuanto antes. El cardenal contesta diciendo: “yo no fuerzo nada, son los tiempos los que cambian”.

En el entierro de Luis Carrero Blanco, probablemente asesinado por ETA, como nunca había estado verdaderamente en contra de las autonomías locales, es insultado al grito de "Tarancón al paredón". Obligado a salir por la puerta de atrás de la iglesia donde se celebra el funeral, el cardenal entiende muy bien que España está cambiando y no se puede hacer nada. Franco es débil, el pueblo está cansado, el país quiere europeizarse.

Los últimos años de Franco son los del mal vivir, como los describe el mismo Tarancón. En 1974 explota el Caso Añoveros: el obispo de Bilbao es expulsado de España por haber escrito una pastoral en vasco. El régimen no puede permitir semejante afrenta, sobre todo en una época en la que ETA es muy fuerte y hay muchas reivindicaciones autonomistas. Pedir el reconocimiento de la identidad cultural y lingüística del pueblo vasco justo después de la muerte de Carrero Blanco es algo inaceptable para la extrema derecha. Sin embargo, no lo es para Tarancón.

El cardenal entiende muy bien las reivindicaciones del obispo y los dos entran rápidamente en contacto. Comparten la misma idea, Antonio Añoveros Ataún dejará España solamente si se lo pide el mismísimo Papa. Arias Navarro no sabe qué hacer, Pablo VI está harto de que mande siempre el Jefe del Estado. La Iglesia se muestra más fuerte que el régimen, Arias Navarro pierde la batalla. Hoy, como ayer, la institución eclesiástica se arregla y arregla los males del mundo. Roma siempre gana y se presenta como un órgano internacional, véase la obra de Francisco. La idea que surge es que la Iglesia primero lo estropea y, luego, lo cura todo.

Sin duda, Tarancón no fue un clérigo cualquiera y este discurso vale solo parcialmente. En 1978, en plena transición, fue etiquetado como un rojo, un enemigo del régimen y un correligionario de los independentistas vascos. Acusaciones provenientes de algunos pobres fascistas nostálgicos y desesperados. En 1983, el camino hasta la democracia ya está hecho, así que Tarancón dimite y se retira a su tierra natal, donde vive sus últimos once años felizmente.

Al fin y al cabo, Tarancón fue un clérigo, un rojo, un político, un facha y un simple ciudadano, todo a la vez. Es una lástima que se vea solo una de esas caras; a él no le habría gustado.